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La venganza de los del palo

Están los de dentro y están los de fuera. Están los que saben y los que no. Están los que bailan y los del palo. Contaba Javier Cercas que en su pueblo natal (Ibahernando, Cáceres: 3.000 habitantes en los años 50; poco más de 400 en la actualidad, según la Wikipedia) el único antro parecido a una discoteca tenía una barra vertical justo en el centro de la pista de baile: lo que los parroquianos llamaban el palo. “Los que sabían bailar, bailaban; los que no sabían bailar, permanecían toda la noche agarrados al palo. Eran los del palo”. Cierto día, en uno de esos litúrgicos momentos que suelen quedar lacerantemente sellados en la memoria del púber, su piadoso padre le puso una mano en el hombro y, casi al borde de las lágrimas, le reveló su desgracia irreparable:  “Javier, hijo, tú siempre serás de los del palo”.

Da igual que luego el hombre se haya hecho uno de los mejores escritores de entre Cáceres y Tegucigalpa: porque del palo se nace, no se hace uno. Igual que se nace tía buena o Michael Jackson o tonto del pueblo: una fatalidad casi genética que más vale ir asumiendo cuanto antes.

Así que están los que bailan y están los del palo. Como estaban (seguirán estando) en el colegio los que siempre elegían para hacer equipos y los que se quedaban los últimos, silbando una canción tirolesa como si aquello no fuera con ellos. Como están los entusiastas, dispuestos siempre a salir en taparrabos a la vanguardia en los desfiles, y los que se los quedan mirando despavoridos desde la acera, vislumbrando el Armagedón. Como están los que se enteran de las becas y los que no. Esto último me lo solía decir en resacosas y alternas mañanas de la facultad mi colega José Luis, que es hombre hacendoso pero nacido también en La Parra, un poco más allá de Ibahernando: “Miguelico, hijo, están los que se enteran de las becas y los que no”. Y nosotros, por supuesto, éramos los que no.

Luego da un poco igual si con el tiempo acaba uno –sospecho que precisamente por incubar esos rencores adolescentes– siendo el que cierra los bares a cuatro patas, o el kamikaze que le entra a la rubia, o consiguiendo becas remotas de ésas para salir pitando –yo mismo, incomprensiblemente, conseguí dos seguidas–. O haciendo un ridículo histórico en el baile del instituto por las fiestas de Santo Tomás de Aquino ataviado con falda amarilla y peluca azul, junto con otro colega del palo que, oh ironía, está consiguiendo en los últimos tiempos precisamente vivir de beca pallá–beca pacá (de aquellos lodos esos polvos, Pablico, hijo). Todo esto da igual en el fondo, ya digo, porque el que nació del palo será del palo toda su puñetera existencia. Algo prácticamente simétrico a lo que suele decir don Antonio Muñoz Molina, para quien el mundo puede dividirse entre acreedores y deudores: aquellos que pasan por la vida creyendo [las cursivas son mías] que se les debe todo, y aquellos que se creen siempre en deuda, porque, como a Cesitar Vallejo, les dieron también en algún momento duro con un palo (¡!) y duro también con una soga…

“… Y pienso que, si no hubiera nacido, / otro pobre tomara este café”

Los que bailan y los del palo, los acreedores y los deudores; los que parecen moverse por el mundo como si lo hubieran hecho ellos (y en el fondo así es), y los que vamos por la calle desnortados, como si nos hubieran cambiado la feria de sitio, como pendientes siempre de que acabe la broma, como llegando aún tarde al colegio / con los viejos calcetines mojados. Los que piensan y/o dicen sin sonrojarse Usté no sabe con quién está hablando, y los que tenemos que aprender día a día a no pedir perdón por respirar y a decir que no cuando es Que No.

Que de eso se trata todo esto, en suma: déficit de escrúpulos de una parte; superávit de remordimientos, de la otra.

Seguramente por ahí deberíamos empezar a cuadrar las cuentas. Y entonces, oh, entonces, un día de éstos, amigos míos, lo mismo se caga la perra. ¿Se imaginan?: magníficos ejércitos de los del palo (en franca mayoría frente a los amos de la noche) presentándose en la puerta de sus respectivos garitos, diciéndole al gorila de turno hola buenas, se ha quedao buena tarde; corre a tomarte algo. Entrando, en fin, alegremente y por millares en los sucios tugurios del maestro Armero, en los exclusivos locales de Rita la cantaora: asaltando pacífica pero contundentemente las estanterías con sus etiquetas azules, negras y verdes como los ojos en sombra de las muchachas que siempre les han estado esperando al final de la barra, secretamente. Poniendo cubatas gratis; dejando fumar a tododiós; encerrando en el almacén al DJ como al tío de La naranja mecánica, atado a una silla y con los ojos bien abiertos para no perderse un segundo del mismo video-clip de Bustamante una y otra y otra vez hasta el fin de sus días, mientras algún chaval revolucionario ocupa su puesto poniendo lo que se dice música (de Sabina a Extremoduro, por ejemplo), los sempiternos capullos de la gomina y los garrulos sempiternos de las caenas huyen del lugar con el culo prieto, y el pagafantas más valiente y más ignorado en el recreo del instituto se lleva a la rubia –novia resignada y lánguida del dueño del garito, por más señas– a jugar a los médicos al reservado.

Luego, ya, despuntando el alba, la peña decidiría si dejar el palo en su sitio o ensayar algún experimento con éste y el venerable trasero del mencionado dueño; ese Hombre del Traje Gris que sólo permitía el paso a la gente normal, fumaba puros y subía cada viernes el precio de las copas. Que además eran de garrafón.

Será la venganza de los del palo.

‘Los que bailan’, celebrando no sabemos qué el pasado domingo / Foto: ALEJANDRO RUESGA

Miguèlton Ortega Lucas

"El mundo se derrumba y nosotros nos emborrachamos"

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One Comment

  1. Jose Angel says:

    La venganza de los del palo es muy complicada, pero las utopías están para eso, para revelarse, sobre todo cuando eres joven e inmortal.
    Te lo dice uno que te vió con la falda amarilla haciendo el indio en el escenario.

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